¿Cuantas arrugas tienes? ¿Es esa una nueva cana? ¿Tu mirada siempre fue así de profunda?
Somos ciegos.
Ciegos a la fuerza del tiempo y a su peso sobre nosotros. Ciegos a la forma en la que nos cambia, así como cambia a quienes vemos todos los días. Estamos acostumbrados a ellos, conocemos sus manerismos y la manera en la que el aire cambia cuando entran a la habitación.
Crecemos juntos
Todos los días un poco más viejos
Pero para el otro
Permanecemos los mismos.
¿Es esto cierto para mundo que nos rodea?
Una vida en la misma casa, visitando los mismos lugares, caminando las mismas calles. Cada día el sol cae detras los mismos edificios, entre los mismos árboles llenos de marcas de un mundo que precedió al nuestro.
Viví en la Ciudad de México por 26 años, vi calles de tierra y rocas ser enterradas por concreto, vi edificios alzarse, sentí edificios caer. Mientras más exploré la ciudad, ella se convirtió en parte de mí.
EL paisaje puede cambiar
Pero mi alma conoce mi hogar
Y mi hogar se mantiene igual.
Era ciego a su constante cambio, entumecido al suave sustento de su naturaleza. Podía jurar que todo se mantenía igual, un caluroso día de verano ya entrado el otoño, una semana de lluvia y frio durante la primavera. Se sentía como si el tiempo no pasara, un año nuevo sólo un número un poco más grande, un nuevo calendario en la misma pared.
¿Qué pasa cuando abandonas esa tierra?
Solía sentir el profundo abraso del aire, recibiéndome como un sauna cuando salía de una habitación. Sentía la calidez de la playa y el desierto acompañándome a casa, atravesando calles desconocidas. Sentía el verano, su peso, su manto. Así es com conocí Los Cabos, es así como fui recibido por esta tierra.
Ahora el aire del verano da paso al frio viento de otoño, la caricia de la noche se siente distante y las mañanas reclaman una solemne y fría briza.
Ahora siento su paso.
Puedo ver el mundo girar y el paisaje cambiando.
Estoy viendo el tiempo pasar.
