EL FARO VIEJO
Los días pasan uno tras otro, el encarnado vacio dejado por el desasociamiento con esta realidad es lentamente llenado con la resignación de un nuevo rumbo. Estos rincones lentamente se vuelven una visión recurrente, el tacto de las calles un forcejeo familiar, estos paisajes ahora viven en mis memorias, instantes de asombro apaciguados con la certeza de un recuerdo.
Llegamos a La Desaladora, he estado aquí, este lienzo azul cual fresco es una experiencia ya vivida, su hechizo es diluido, perdido en las páginas de historias contadas. Caminamos por kilometros, alargados por el constante agarre de la arena, su abrazo, su jaloneo alentandonos, asegurandose de que sintamos cada paso, haciendo de su voluntad nuestro camino.
El Faro Viejo, una silueta desgarrando el paisaje, una visión de un mundo perdido en cuentos y recuerdos, una sombra de lo que dejó de ser, me observa, se alza en el horizonte, juzgándome. Aquí habita un fantasma, el alma más vieja que puedes visitar, trato de acercarme, trato de sentir la historia de este lugar, pero este me lo impide, recordándome constantemente que mi alma no pertenece a este lugar. Asiendo esta cima sólo para enfrentar al faro cara a cara, miro las abismales sombras del umbral de su puerta, rogando por el consuelo de un lugar familiar, pero cuando el abismo me observa de vuelta, la respuesta es fría, es soldead. Es un involuntario reconocimiento de mi presencia, una sonrisa lejana, casi burlándose mientras trata de ser amable. Me fuerza a mirar hacia atrás, hacia el camino que debo seguir, de vuelta a la arena y al inamovible sol. Mis pasos siguen un sendero de pesares, estas dunas nunca me llevarán a mi hogar.
¿Por qué esta naturaleza no alcanza mi alma?
¿Por qué me encuentro en esta soledad?
Nunca regresaré al hogar del que he partido.
Mi alma repite con certidumbre esta verdad.
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